La espiritualidad y el arte

La espiritualidad y el arte

Vasco de Quiroga fue extremadamente tolerante con las creencias de los indios.

Es verdad que se propuso desterrar la idolatría, pero siempre a través de la persuasión. Su intervención personal hizo que en Michoacán el cristianismo no reemplazase a la religión autóctona. Una y otra religiones se complementaron derivando en formas sincréticas, por ejemplo, las formas privadas indígenas de venerar la naturaleza (angamucúracha), los mensajeros de los dioses (curita-caheri) y los dioses familiares domésticos se transformaron en el culto católico en santos y ángeles. Más aún, hoy es “a través de la veneración de estos santos y por medio de las cofradías y asociaciones consagradas a su culto, como los indios de México conservan su identidad y dignidad”. El principio divino, el Señor y Señora, de la dualidad de la primitiva religión michoacana pasaron a ser un remoto poder lejos de la vida humana en la tierra. Su sustitución por Jesucristo y la Virgen Guadalupana fue cuestión de tiempo.

La profunda religiosidad que se vive hoy en las comunidades purépechas se manifiesta por doquier.

El calendario de cada comunidad está marcado por fechas en las que se festeja lo sagrado. Entre el pragmatismo y la tolerancia se incorporan elementos propios de la cultura prehispánica al ritual cristiano. Íntimas procesiones en Semana Santa, un Vía Crucis entre la lava del volcán, máscaras, diablos negritos, incluso moros y cristianos. Al son de la pirécua, recién declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad, se canta, se celebra. Y se danza: las kúrpites, las danzas maringuias, la de los moros o la de los viejitos. El Festival de la Raza Purépecha, en Zacán, es el gran escaparate.

Al mismo tiempo que se festeja a los vivos, se acompaña a los muertos.

Cada comunidad vive su relación con la divinidad de manera especial. En Michoacán, la Noche de Muertos tiene más intensidad que en otros lugares de México. Refleja la visión del cosmos del pueblo tarasco. La muerte es el paso necesario para alcanzar la inmortalidad. Quien muere pervive, y por ello se le hacen ofrendas, para que coma y se sienta feliz y querido. A cambio, los que ya no están, continúan preocupándose por los suyos.

La evangelización de Michoacán continuó tras la muerte de Don Vasco.

Las nuevas órdenes religiosas que llamó para que apoyaran su labor evangelizadora mantuvieron el modelo que él había implantado. Los franciscanos y los dominicos abrirán las fronteras e irán avanzando en el territorio consolidando poblados, organizando asentamientos y difundiendo el mensaje evangélico. Se construyen conventos sin cesar. El primero, humildemente franciscano, en Tzintzuntzan. El programa conventual siempre es igual: una iglesia, un monasterio, un claustro y un atrio. Igual que en Europa, pero aquí con otra escala. En América se reducen el tamaño del monasterio y de la iglesia y se amplían partes que casi no existen en Europa, como el atrio, acomodándose a la necesidad indígena de vivir al aire libre. En los atrios también se catequiza y se enseñan los oficios artesanales. En las esquinas del atrio se disponen pequeños templetes o "capillas posas" que marcan el recorrido de las procesiones y sirven para detener o posar las imágenes. Al fondo está la capilla abierta o "capilla de los indios", es decir, ábsides techados abiertos por el frente a enormes atrios.

Ante la imposibilidad de albergar a multitudes en las iglesias, se opta por decir las misas al descubierto, respetando la tradición prehispánica de celebrar los cultos a cielo abierto.

En las capillas abiertas de Tzintzuntzan o de Cuitzeo, el sacerdote es el único que está a cubierto. El resto, bajo una arquitectura virtual, hecha de luz, proyectada en el aire. En paralelo, adosadas a los conventos, siguen proliferando huatáperas y pequeños templos a la Inmaculada que los franciscanos y la población purépecha construye allá donde germina la semilla del cristianismo. Los artistas indígenas se convierten en maestros artesanos, talladores, pintores y escultores. Continúan utilizando la pasta de caña de maíz para representar a la divinidad. Las iglesias mantienen la tipología del templo gótico, es decir, una sola nave profunda con bóveda de crucería o de cañón y cabecera poligonal con contrafuertes. Las portadas presentan los motivos del gótico isabelino, del plateresco, del mudéjar, como luego adoptarán los esquemas formales churriguerescos.

Los espacios internos de los conventos, las celdas, oficinas, talleres, refectorio, portería, biblioteca, sanitarios, se distribuyen alrededor del claustro.

Los atrios, al principio amurallados y almenados, remedando las ciudadelas fortificadas del Medievo, cambian con la estabilidad política. El espíritu didáctico se expresa en frescos y artesonados que contienen historias múltiples: narran historias bíblicas, inducen a los fieles, enseñan conductas, conducen oraciones. Todo ello a través del alma y el pincel de auténticos artistas.

Se trata, en fin, de una síntesis formal que sabe integrar las corrientes artísticas europeas —el gótico, el Renacimiento, el barroco—, con el arte de las culturas prehispánicas.

Una síntesis que necesita convertir las limitaciones en ventajas. Ya que no se pueden seguir fielmente los cánones de los estilos establecidos —no contaban con mano de obra especializada, ni con los materiales exactos para realizarlos—, se hace de la necesidad virtud, combinando nuevos procesos constructivos con nuevos materiales. El resultado es extraordinario. A través de una especie de conversión mutua, la religión católica parece identificarse con las civilizaciones americanas. La lista de Michoacán es interminable, tanto por su abundancia, por su calidad, como por la riqueza de las iconografías, pinturas y artesonados: Tzintzuntzan, Tupátaro, Angahuan, Zacán, Nurío….

 


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